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El dedo que señala, y el freno de mano

Un CEO culpa a su equipo por fallos estratégicos, señalando hacia afuera sin ver que sus otros dedos lo apuntan a él. En coaching, inspirado en Maturana, descubre su «freno de mano» defensivo como modo de supervivencia biológico. Al asumir responsabilidad y soltar culpas, alinea orgánicamente al equipo, revitalizando la estrategia y logrando resultados sostenibles. 

La ceguera del líder

«Es mi equipo. No conectan. No ejecutan. Parece que habláramos idiomas distintos».

Estas fueron las palabras de un CEO de alto nivel con el que trabajé hace unos meses. Mientras lo escuchaba, noté algo curioso: cada vez que describía un fallo en la estrategia, su dedo índice saltaba de forma casi instintiva, señalando hacia afuera, hacia la oficina de sus gerentes, hacia el mercado, hacia «ellos».

Lo que él no veía es que, mientras su índice señalaba al equipo, los otros tres dedos de su mano apuntaban directamente hacia él.

En nuestras sesiones de conversaciones de valor, aparecía un patrón sistemático. Cada vez que nos acercábamos al núcleo de la cultura organizacional, él activaba su «freno de mano». Era un mecanismo de defensa inconsciente: una justificación técnica, un «aquí siempre se ha hecho así» o un ataque preventivo sobre la competencia de sus colaboradores.

Él no sospechaba de él. Porque desde su entendimiento el liderazgo era un lugar de llegada, no un proceso de transformación. Sin advertirlo, había caído en la trampa de sentirse “el experto” que le daba fuerza a su creencia de que su éxito pasado garantizaba la lucidez presente.

Aparece entonces la pregunta frecuente que me hacen: ¿Por qué nos cuesta tanto cambiar?

Aquí es donde entra la magia de mi gran maestro Humberto Maturana de quien aprendí que los seres humanos somos seres que nos constituimos en el lenguaje y en la emoción. No solo «hacemos» cosas; somos en la medida en que convivimos.

El quiebre de este líder no era técnico; era biológico y evolutivo. Su sistema nervioso estaba operando en modo «supervivencia», viendo al equipo como una amenaza a su identidad de líder exitoso.

La evolución consciente es la capacidad de nuestra especie de dejar de reaccionar por instinto (el dedo que señala) para empezar a responder por elección.

Cuando un líder comprende que su «hacer» es un resultado directo de su «estar siendo» en la cultura de la empresa, el freno de mano se suelta solo.

Pero el conversar no fue fallido, se llegó el día en que observe como finalmente este líder pudo bajar la guardia y afirmó: «Quizás el problema no es que no me entiendan, sino cómo estoy habitando yo este espacio», a partir de ese día, todo cambió.

Paso de culpar a asumirse responsable. Su dedo índice se guardó. Al dejar de buscar culpables, el equipo dejó de defenderse y empezó a proponer.

Se dio una alineación orgánica. La estrategia dejó de ser un documento muerto para convertirse en una conversación viva.

Y por supuesto los resultados fueron sostenibles. La empresa no solo alcanzó los KPIs; sanó el tejido relacional que los sostiene.

Hay que repensarnos ..

Como especie, nuestra mayor ventaja evolutiva no es la fuerza física, ni los muchos títulos académicos, cargos importantes o medallas de honor que hagan parte de nuestro haber profesional- que son relevantes, claro que sí- nuestra mayor ventaja se centra en la capacidad de auto observarnos y sospechar de nosotros mismo para aportar en la colaboración consciente. En el mundo corporativo de hoy, el liderazgo que no evoluciona hacia la autoconciencia está destinado a morir por agotamiento.

Si hoy sientes que tu equipo «no responde», te invito a una pregunta valiente:

¿Hacia dónde apunta tu dedo índice hoy?

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